
Asad contuvo un gemido. Era evidente que su tía ya había elegido bando, pero no le sorprendió en absoluto. Siempre había sido una mujer encantadora y de buen corazón, algo que él había agradecido sobremanera tras la muerte de su madre; pero ahora resultaba un inconveniente.
– Tahir es poderoso -alegó-. Sería absurdo que lo ofendiéramos por una cosa así.
Lina le sorprendió al decir:
– Estoy de acuerdo contigo.
– ¡No, princesa Lina! -exclamó Kayleen-. Tú conoces a esas niñas. Merecen algo mejor…
Lina le tocó el brazo.
– Lo merecen y lo tendrán -declaró-. Pero es cierto, Tahir no debe marcharse con la sensación de que hemos rechazado su generosa oferta. Kayleen, aunque no estés de acuerdo con lo que intenta hacer, sus motivos son puros. Créeme.
Kayleen no parecía nada convencida, pero asintió lentamente. Lina se giró hacia Asad.
– La única manera de que Tahir salve la cara en este asunto es que las niñas queden al cuidado de alguien más poderoso que él y que honre la memoria de su padre.
– Es cierto -dijo Asad-. ¿Pero quién…?
– Tú.
Asad miró a su tía con asombro.
– ¿Pretendes que cuide de tres niñas huérfanas?
– El palacio tiene cientos de habitaciones. ¿Qué importa que tres niñas ocupen una de las suites? Ni siquiera tendrías que ocuparte de ellas… simplemente estarían bajo tu protección. Y en el peor de los casos, distraerían un poco al rey.
Asad pensó que no era mala idea. Su padre estaba obsesionado con casarlo a él y a sus hermanos y la situación empezaba a ser insoportable, con idas y venidas constantes de jóvenes casaderas. Las niñas lo mantendrían ocupado.
El príncipe sabía que casarse y darle herederos era una de las obligaciones de su cargo, pero se resistía al compromiso; tal vez, porque pensaba que las emociones volvían débiles a los hombres: era lo que su padre le había dicho cuando la reina murió; Asad le preguntó por qué no lloraba el rey y él le explicó que mostrar los sentimientos no era propio de hombres. Asad había seguido el consejo. Y como no quería aceptar un matrimonio de compromiso, no le quedaba más remedio que enfrentarse al mal humor de un monarca empeñado en tener herederos.
