– ¿Y quién cuidaría de las niñas? -preguntó-. No se pueden criar solas.

– Contrata a una niñera. Contrata a Kayleen -dijo Lina, encogiéndose de hombros-. Ya mantiene una buena relación con ellas. Se quieren mucho.

– Un momento… -intervino Kayleen-. Yo ya tengo un trabajo. Soy profesora del colegio.

Lina la miró.

– ¿Es o no es cierto que les diste tu palabra cuando les dijiste que las cosas mejorarían? Pues bien, ¿vas a romperla ahora? Además, seguirías siendo profesora; aunque sólo tendrías tres alumnas. Incluso es posible que te quedara tiempo libre para dar algunas clases aquí.

Asad no quería adoptar a tres niñas de las que no sabía nada. Había pensado muchas veces en tener una familia, pero como un proyecto de futuro, a largo plazo y con hijos en lugar de hijas. Sin embargo, la propuesta de Lina era admisible. Tahir no se opondría a que un príncipe se encargara de ellas. Y como había insinuado su tía, las pequeñas mantendrían ocupado a su padre y éste dejaría de molestarle con lo del matrimonio.

– La responsabilidad será exclusivamente tuya -dijo el príncipe, mirando a Kayleen-. Tendrás a tu disposición todo lo que necesites, pero quiero dejar bien claro que no tengo el menor interés por el día a día de las niñas.

– Aún no he dicho que esté de acuerdo…

– ¿No es usted quien se ha empeñado en que permanezcan juntas? -preguntó el príncipe.

– Es la solución perfecta -intervino Lina-. Piénsalo. Las niñas crecerían en un palacio y se les abriría un mundo nuevo… Dana podría estudiar en la mejor de las universidades. Nadine tendría los profesores de baile más competentes y la pequeña Pepper no estaría condenada a llorar sola todas las noches.



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