– Asad… -dijo ella al pasar a su despacho-. Tienes que venir enseguida.

Antes de hablar, Asad guardó el documento que tenía en el ordenador.

– ¿Qué ocurre?

Su tía, normalmente una mujer tranquila, temblaba un poco y estaba sofocada.

– De todo -respondió-. Tenemos problemas en el colegio. Un jefe de las tribus quiere llevarse a tres niñas. Ellas no quieren marcharse, los profesores empiezan a tomar partido y una de las monjas ha amenazado con tirarse desde el tejado si no vienes a ayudar.

Asad se levantó de la silla.

– ¿Yo? ¿Por qué yo?

– Porque eres un líder sabio y razonable -respondió sin mirarlo a los ojos-. Tienes fama de ser justo y es normal que hayan pensado en ti.

Asad miró a su tía, que siempre había sido una madre para él, y se preguntó si no lo estaría manipulando de algún modo; a Lina le gustaba salirse con la suya y no era extraño que echara mano del drama para conseguirlo. Pero no tenía forma de saberlo. Y por supuesto, no alcanzaba a imaginar por qué necesitaba su ayuda en el colegio.

– Es un problema muy grave, Asad. Ven, te lo ruego.

Asad podría haberse resistido a sus exageraciones teatrales, pero no a una petición directa y aparentemente urgente. Caminó hacia ella, la tomó del brazo y salieron del despacho.

– Iremos en mi coche -dijo.

Quince minutos más tarde, Asad lamentó haber estado en el despacho cuando Lina fue a verlo. El colegio estaba en pie de guerra.

Alrededor de quince estudiantes se dedicaban a gritar mientras varios profesores intentaban contenerlos. Un anciano jefe del desierto y sus hombres estaban discutiendo acaloradamente junto a una ventana. Y una mujer pequeña, de cabello rojo, intentaba tranquilizar a tres jovencitas lloriqueantes.



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