– Parece que no hay nadie en el tejado -dijo Asad.

– Las cosas se habrán tranquilizado un poco -comentó su tía-. Pero al margen de ese detalle, ya habrás observado que efectivamente tenemos problemas.

Asad miró a la mujer que estaba con las tres chicas, contempló su pelo de color fuego y su expresión obstinada y murmuró:

– A mí no me parece una monja.

– Kayleen es profesora del colegio -dijo Lina-. Y eso es casi como ser una monja.

– Así que me has mentido…

– Sólo he exagerado un poco.

– Tienes suerte de que ya no nos rijamos por las leyes antiguas -le dijo a su tía-. Ya sabes, las que definían la conducta apropiada en una mujer.

Lina sonrió.

– Me quieres demasiado para permitir que yo sufra algún daño, Asad…

Asad pensó que tenía razón y se dirigió hacia el alto y anciano jefe, haciendo caso omiso de los niños y de las mujeres.

– Tahir… -dijo, inclinando la cabeza en gesto de respeto-. No sueles dejar el desierto para venir a la ciudad. Verte por aquí es todo un honor… ¿piensas quedarte mucho tiempo?

Tahir estaba furioso, pero sabía cuál era su lugar y lo saludó con una reverencia.

– Príncipe Asad… por fin llega la voz de la razón. Esperaba que mi estancia en la ciudad fuera breve, pero esta mujer se empeña en interferir -afirmó, apuntando hacia la pelirroja-. He venido porque era mi obligación. Estoy aquí con la hospitalidad del desierto. Pero ella no entiende nada y me desafía constantemente.

La voz de Tahir temblaba de rabia y de indignación; no estaba acostumbrado a que le llevaran la contraria, y mucho menos a que lo hiciera una simple mujer. Asad contuvo un bostezo. Lo único que sabía de aquel asunto era que su solución no iba a ser fácil.

– Yo lo desafiaría hasta con mí último aliento si fuera necesario -dijo la profesora en cuestión, mirando a Asad-. Lo que pretende es inhumano; es cruel y no lo voy a permitir. Y usted tampoco va a conseguir que yo cambie de opinión.



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