
Las tres chicas se apiñaron alrededor de la pelirroja. Sus rasgos parecidos y su cabello rubio las delataba como hermanas. Asad pensó que eran guapas y que se convertirían en unas jovencitas tan bellas que causarían muchos quebraderos a su padre si lo hubieran tenido. Pero no lo tenían. A fin de cuentas, aquel colegio era un orfanato.
– ¿Con quién tengo el gusto de hablar?
Asad lo preguntó con voz deliberadamente firme y seca. Lo más importante en ese momento era imponer su autoridad y conseguir el control.
– Kayleen James. Soy profesora del colegio y…
La mujer abrió la boca para seguir hablando, pero Asad negó con la cabeza y dijo:
– Las preguntas las hago yo. Y usted, contesta.
– Pero…
Asad volvió a sacudir la cabeza.
– Señorita James, soy el príncipe Asad. ¿Le dice algo ese nombre?
La profesora miró a Asad, miró a su tía y respondió:
– Sí. Usted dirige el país o algo así…
– Exacto. Y dígame, ¿tiene un permiso de trabajo?
– Sí.
– Pues ese permiso procede de mi despacho. Si quiere seguir en este país, no me obligue a replantearme su situación.
Kayleen James tenía docenas de pecas en la nariz y en las mejillas, que se hicieron más visibles que nunca a medida que palidecía.
– ¿Me está amenazando con deportarme? ¿Quiere echarme del país por oponerme a que ese hombre haga algo tan terrible con estas niñas? ¿Sabe lo que quiere hacer?
Asad pensó que se le ocurrían mil formas más interesantes de perder el tiempo. Se giró hacia Tahir y preguntó:
– Amigo mío, ¿qué te trae a este lugar?
Tahir apuntó a las chicas.
– Ellas. Su padre era de mi tribu. Se marchó para estudiar en la ciudad y no volvió nunca, pero de todas formas era de los nuestros. La noticia de su muerte nos llegó hace poco tiempo; y como su esposa también ha fallecido, las niñas no tienen a nadie. He venido para llevármelas.
