
Kayleen dio un paso hacia el anciano.
– Pretende separarlas y convertirlas en criadas.
Tahir se encogió de hombros.
– Son niñas, no tienen mucho valor. Pero a pesar de ello, algunas familias están dispuestas a albergarlas en sus casas. Debemos honrar la memoria de su padre -declaró el jefe, mirando a Asad-. Las tratarán bien. Le doy mi palabra.
– ¡Nunca! ¡No se las llevará del colegio! ¡No es justo! Sólo se tienen las unas a las otras. Deben seguir juntas. Merecen una vida de verdad.
Asad empezó a echar de menos su tranquila y bien organizada oficina y los problemas sencillos del día a día, como los proyectos para levantar algún puente.
– Lina, quédate con las niñas -le dijo a su tía-. En cuanto a usted, Kayleen… venga conmigo.
Kayleen no estaba segura de querer ir a ninguna parte. Estaba muy nerviosa y su respiración se había acelerado, pero eso no importaba; era capaz de dar su vida por el bienestar de sus alumnas. Ya estaba a punto de decirle al príncipe Asad que no le interesaba mantener una conversación en privado, cuando la princesa Lina caminó hacia ella y sonrió cariñosamente.
– Ve con Asad -le dijo su amiga-. Yo me quedaré con las niñas y me aseguraré de qué no les pase nada mientras tanto… Asad es un hombre justo, Kayleen. Escuchará lo que tengas que decir. Y por cierto… habla con total franqueza; siempre das lo mejor de ti cuando te apasionas.
Kayleen no entendió lo que Lina había querido decir con esa última afirmación, pero Asad se alejó del grupo y ella no tuvo más remedio que seguirlo.
Avanzaron por el pasillo y entraron en un aula vacía. Él cerró la puerta a sus espaldas, se cruzó de brazos y la miró con intensidad.
– Empiece por el principio -dijo-. ¿Qué ha pasado aquí?
