Daisy estaba frente al armario, decidiendo lo que se pondría para ir a la fiesta.

No podía competir con las sofisticadas chicas de Robert, pero su falta de curvas no parecía desanimar del todo al sexo opuesto. La mayoría de los galanes que Robert solía encontrar para escoltarla a casa habían intentado coquetear con ella. Algunos incluso habían ido más lejos y la habían llamado por teléfono, insistiendo hasta que Daisy había tenido que ponerse firme…

¡Oh, no! ¡No podía ser! ¡No podía haberlo hecho! De repente, se le ocurrió que Robert quizá los había animado a ser amables con ella.

¿Sería posible que la llevara a las fiestas para buscarle un novio? ¿Se lo habría pedido su madre? Podía imaginarla diciendo: «Robert, por favor, intenta buscarle un novio a mi hija antes de que sea demasiado tarde…»

Daisy sabía que debía sentirse agradecida de que su madre nunca hubiera tenido ambiciones en lo que se refería a Robert Furneval. Por supuesto, él era demasiado sofisticado, demasiado guapo, demasiado todo para el miembro menos atractivo de la familia Galbraith.

Daisy sacó del armario un par de pantalones de seda gris y un jersey negro de cuello alto, un atuendo para pasar desapercibida. Si Robert no fuera a la fiesta, se pondría algo más llamativo, pensaba.

Y quizá debería hacerlo.

Después de todo, si era tan poco atractiva como para que Robert estuviera buscándole novio, daba igual lo que se pusiera.

Daisy murmuró una maldición. ¿Por qué tenía que ser todo tan complicado?, se preguntaba. Había intentado ser sensata, pero amaba demasiado a Robert. Ella no se sentía en absoluto impresionada por su dinero, ni por sus coches, ni por su atractivo físico. Lo amaba porque siempre lo había amado, porque no podía evitarlo.



13 из 97