Pensaba que parecía una niña que se hubiera puesto la ropa de su madre, aunque era demasiado amable como para decirlo. Pero Daisy podía verlo en su cara.

– ¿Has estado en algún sitio especial? -preguntó finalmente, dándole una copa. Por un momento, Daisy no entendió a qué se refería-. No podías quedar a las nueve, ¿recuerdas?

– Ah, eso… no, es que he tenido que trabajar -mintió.

– ¿Alguna exposición? Si lo hubiera sabido, me habría pasado por allí. Tengo que comprarle algo a mi madre por su cumpleaños.

– ¿Ah, sí? ¿Y qué quieres comprarle?

– Cuando lo vea, lo decidiré. ¿De qué era la exposición? -insistió él.

– Pues… no era exactamente una exposición -empezó a decir Daisy. Robert levantó una de sus cejas oscuras, incrédulo. Tenía que mentir. ¿Qué otra cosa podía hacer? Se negaba a decirle que solo había estado haciéndose la dura. Él no lo entendería y ella no podría explicárselo.

– No deberías dejar que George Latimer te hiciera trabajar tanto -murmuró Robert.

– ¿Nos vamos? -preguntó ella, ignorando el comentario. Bajaron a la calle y Robert paró un taxi-. Podríamos ir andando.

– Si has estado trabajando hasta tan tarde, estarás cansada -dijo él. «¿Si has estado trabajando?» ¿Por qué había dicho eso?, se preguntaba. Le había parecido que Daisy no era sincera con él. Eso y su inusual aspecto. Si George Latimer hubiera tenido treinta años menos, habría pensado que había algo entre ellos.

Una vez dentro del taxi, Robert se dio cuenta de que Daisy se había puesto colorada. Pero ella nunca tendría una aventura… ¿O se equivocaba?

Conocía bien a Daisy. O creía hacerlo. Sin embargo, en aquel momento le parecía una extraña.

Para él siempre había sido la hermana pequeña de Michael. Simpática, divertida, una chica a la que no le importaba mancharse de barro. Pero aquella noche tenía una imagen desconocida y lo hacía sentir incómodo. Casi como si hubiera levantado un velo y hubiera descubierto un secreto.



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