
– ¿Qué pasa, Robert? -intentó sonreír ella-. ¿Sigues echando de menos a Janine?
Robert se relajó. Nada había cambiado. Él era quien estaba tenso.
– Orgullo herido, eso es todo -admitió.
– Estás empezando a ablandarte, Robert. Si te descuidas, pronto te veré entrando en una iglesia, pero no como padrino.
– Eso, haz leña del árbol caído.
– Te doy media hora para que se te pase. Dime, ¿con qué simpático joven has planeado enviarme a casa esta noche?
– ¿Quién ha dicho que vaya a enviarte a casa con nadie?
– Siempre lo haces. A veces pienso que tienes un surtido de hombres que activas en caso de emergencia.
– ¿Emergencia?
– Ya sabes -dijo ella, poniéndose teatralmente la mano sobre el corazón-. He conocido a una pelirroja fabulosa… nos vamos a bailar. ¿Qué puedo hacer con Daisy? Esa clase de emergencias.
– ¡Eres cruel! Solo por eso, señorita, esta noche yo mismo la acompañaré a su casa…
– ¿Y?
– Conmigo no te valdrá un amable «buenas noches» en la puerta -dijo, sabiendo que eso era lo que hacía con todos los hombres que la acompañaban a casa-.Yo espero tomar la última copa en tu casa.
– ¿Y cómo sabes que me despido de ellos con un simple «buenas noches»? -preguntó ella-. ¿Es que te dan un informe?
– Por supuesto -mintió él. No hacía falta que se lo dijeran, él lo sabía-. Necesito saber que has llegado a casa sana y salva.
– ¿Y nunca se te ha ocurrido pensar que no te están contando la verdad? -bromeó Daisy.
– No se atreverían a mentirme.
– ¿No me digas? -dijo ella, irónica-. Bueno, Robert, si no te encandilas con la primera pelirroja que se cruce en tu camino, te aseguro que podrás tomar todas las copas que quieras. Pero no creo que ocurra.
