– La verdad es que me estoy reservando para las damas de honor. Tú misma has dicho que son guapas, ¿no?

– Guapísimas. Te las describiré más tarde, si no te has perdido con alguna.

– Eres mala -murmuró él cuando el taxi paraba frente a la casa de Monty.

Una vez en la fiesta, fueron cada uno por su lado saludando a todo el mundo, como solían hacer. Pero aquella noche Robert no podía dejar de buscarla con la mirada. Media hora después, la vio charlando con un hombre alto y rubio al que no conocía. Un hombre que la miraba con ojos de lobo.

El tipo era australiano, musculoso y bronceado y Daisy reía de algo que él había dicho. En realidad, parecía estar pasándolo bien. Y eso lo irritaba.

– ¿Quieres una copa, cariño? -preguntó, acercándose a ellos.

– No, gracias. Ya tengo una -contestó ella, sorprendida. Una sorpresa justificada porque Robert nunca se ocupaba de ella en las fiestas-. Nick, te presento a Robert Furneval. Robert, Nick Gregson.

Los dos hombres se miraron sin disimular su antipatía y, como Daisy no lo invitaba a quedarse, el australiano se alejó, vencido.

– ¿Qué pasa? -preguntó ella-. ¿No hay ninguna rubia dispuesta a tragarse el rollo de siempre?

– ¿Qué rollo de siempre?

– No tengo ni idea. El rollo que les cuentas a todas.

– Estás muy graciosa esta noche, cielo. ¿Es una venganza por estar de acuerdo en que parecerás un pato el día de la boda?

En ese momento alguien había subido el volumen de la música y Daisy no pudo escuchar la ironía.

– ¿Qué?

– ¡Que parecerás un pato el día de la boda! -repitió él en voz alta. Desafortunadamente, habían vuelto a bajar el volumen y todo el mundo se volvió hacia ellos.

– Muchas gracias, Robert. Muchísimas gracias -dijo Daisy, apartándose.


Estaba furiosa. Nunca antes se había enfadado con Robert y era una sensación extraña. Una especie de encogimiento del corazón.

Quizá por eso, cuando volvió a encontrarse con el bronceado australiano, puso más interés en la conversación del que sentía en realidad.



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