Especialmente porque, por el rabillo del ojo, veía a Robert observándola en lugar de concentrarse en la morena que intentaba seducirlo moviendo exageradamente las pestañas y que, obviamente, no había aprendido nada de sus predecesoras. Pero quizá la morena solo quería pasar un buen rato y Robert, al fin y al cabo, era guapísimo.

Nick miró a Robert en ese momento.

– ¿Él y tú…?

– ¿Robert y yo? -rio ella-. No, por favor, solo somos amigos. Nos conocemos desde que éramos pequeños. Es como un hermano.

– ¿Ah, sí? -sonrió él. Tenía unos dientes excepcionalmente blancos en contraste con lo bronceado de su piel, tenía que reconocer Daisy-. Será preocupación fraternal, pero me mira como si quisiera clavarme un cuchillo en la espalda. ¿Por qué no vamos a otro sitio?

¿Por qué no?, se decía Daisy. Cinco minutos más y Robert se habría olvidado por completo de ella. Se olvidaría hasta que necesitara poner un gusano en un anzuelo o una acompañante para alguna cena.

Y, además, era agradable que un hombre tan guapo como Nick mostrase interés por ella.

En ese momento se le ocurrió que el australiano dejaría impresionada a su madre el día de la boda.

– ¿Tienes algún plan para el sábado, dentro de dos semanas? -preguntó.

Nick la miró, sorprendido.

– No que yo sepa -sonrió, usando aquellos dientes como la morena usaba sus pestañas-. ¿Por qué?

– Me gustaría saber si querrías venir a la boda de mi hermano.

– Me encantan las bodas, pero vuelvo a Perth dentro de unos días.

– ¿A Australia?

Él estaba sonriendo de nuevo y Daisy, un poco aburrida, empezó a preguntarse si sería modelo de pasta de dientes.

– Sí. No vayas a la boda de tu hermano y ven conmigo a Perth. Podríamos tener una boda propia -dijo el hombre. Por otro lado, pensaba Daisy, no había nada aburrido en un hombre que hacía esa clase de invitación. Un poco excéntrico, quizá. Demasiado imaginativo, posiblemente. Borracho, incluso. Aunque no lo parecía.



18 из 97