
– No estarás enfadada conmigo.
No era una pregunta. Lo había dicho con la confianza de un hombre que se sabe irresistible. Y lo era.
No era justo. La vida no era justa. Si lo fuera, ella tendría el pelo liso como su hermana, o, al menos, la altura de Michael. Pero sus hermanos habían heredado los mejores genes de su familia y no había quedado nada para ella.
– Pues claro que estoy enfadada contigo. Que Janine te haya plantado no es razón para que me despiertes de madrugada.
– Digo por lo de anoche.
– ¿Te refieres a Nick? Gracias por recordármelo. Por una vez en mi vida, me ligo al hombre más guapo de una fiesta y tú me lo espantas.
– Me habías prometido una copa y…
– ¿No pensarías que iba a invitarte a subir a mi casa después de lo que hiciste?
– Solo estaba cuidando de ti. ¿Sabías que se ha divorciado dos veces? Monty me lo contó.
– Monty es un cotilla.
– Es el editor de un periódico, Daisy. Cotillear es su profesión.
– No pensarías que yo quería ser la esposa número tres, ¿verdad?
– Pues…
El cretino parecía dudar.
– ¿Crees que me casaría con el primero que me lo pidiera? -preguntó, apartando la cafetera del fuego.
– Cosas peores he visto. Ese Gregson ya ha engañado a dos ingenuas y tú misma has dicho que es guapo… si te gustan los tipos llenos de músculos -dijo él, apoyado en la puerta, con los brazos cruzados. Irritantemente seguro de sí mismo.
– Puede que te interese saber, Robert, que algunas personas necesitan algo más antes de irse a la cama con… -Daisy se arrepintió inmediatamente de haberlo dicho. Robert la miró, sorprendido, y ella disimuló su turbación concentrándose en colocar las tazas sobre la mesa-. Me doy cuenta de que él no forma parte de tu lista de posibles acompañantes porque no podía darte un informe -añadió, intentando bromear-. Pero a lo mejor yo quería probar…
– Me parece que era Gregson quien tenía eso en mente -la interrumpió él.
