
– ¿Qué pasa, Robert? ¿Tú puedes jugar por ahí, pero yo tengo que estar en mí virginal cama a las doce en punto?
– Sabes que Michael haría lo mismo que yo.
– Michael es mi hermano. ¿Cuál es tu excusa?
– Por favor, Daisy, estoy empezando a pensar que ese hombre te ha trastornado.
Parecía verdaderamente molesto y Daisy permitió que una sonrisa de satisfacción iluminara su cara. No le había gustado, su forma de imponerse la noche anterior, pero sí le había gustado que abandonase a la morena para ir a rescatarla.
– Al contrario. Lo que me irrita es que tú pienses eso.
– Bueno, en ese caso te pido disculpas. ¿Me perdonas?
– Por esta vez.
– Lo siento, de verdad. Siempre pienso que… bueno, que sé lo que te conviene.
– Porque yo te lo permito, Robert -dijo ella. La habitación quedó en silencio unos segundos-. ¿Qué quieres desayunar? -preguntó Daisy para romper la tensión.
Robert permaneció callado unos segundos y después se volvió para abrir la nevera.
– No tienes beicon.
– No.
– ¿Y qué piensas ofrecerme?
– Huevos revueltos, por ejemplo -dijo ella, tomando unos huevos de la nevera.
– Daisy…
– Saca unos platos del armario, por favor.
– Daisy, ¿puedo preguntarte una cosa? -dijo Robert, mientras sacaba los platos.
– ¿Quieres poner pan en el tostador? -lo interrumpió ella. Sabía que Robert iba a hacerle preguntas que no quería contestar. No estaba preparada para hablar sobre sí misma-. Está en la panera.
– Ya -murmuró Robert.
Robert se había ofrecido a lavar los platos mientras Daisy se duchaba. Después de hacerse una trenza a toda prisa, se puso unos vaqueros y un jersey ancho y guardó en una bolsa unas botas para pasear por el campo después del ensayo en la iglesia.
– ¿Preparado?
Robert estaba leyendo el periódico.
– Llevo preparado media hora -contestó él, levantándose.
