– Y siguen siendo solo las ocho y media -sonrió Daisy-. Será mejor que te busques otra novia o los domingos van a ser días muy largos.

– No sé si sabrás que tengo otros intereses -replicó él, aparentemente molesto. Pero la sonrisa de Daisy le decía que a ella no podía engañarla-. Es verdad. Me gusta pescar, por ejemplo.

– ¿Y cuándo fue la última vez que fuiste a pescar?

– No lo sé -contestó él, mientras bajaban las escaleras-. ¿Hace un mes? Tú estabas conmigo.

– Fue antes de Navidad. Pero conociste a Janine y se acabó la pesca.

– Ah.

– ¿Quieres que te hable de las damas de honor?

– ¿Qué? -preguntó él, confuso.

– Las primas de Ginny -le recordó ella, mientras se sentaba en el lujoso asiento de cuero del Aston Martin-. Están locas por tus huesos.

– ¿De verdad? -sonrió él.

Pero Daisy no se dejaba engañar por su aparente tono de inocencia.

– Sí. Pero, al final, han decidido que no merece la pena romper su amistad por ti.

– Oh.

– Habían pensado echarte a suertes, pero se han dado cuenta de que ninguna jugaría limpio.

– Te lo estás inventando -dijo él.

– Creo que Diana hubiera sido la más… imaginativa -siguió Daisy.

– Te lo estás pasando bien a mi costa…

– Y Maud…

– ¿Maud? Qué nombre tan romántico -sonrió él.

– Un nombre romántico para una chica romántica. La clase de chica que sueña con el matrimonio -dijo ella-. Creo que ya te ha preparado una emboscada en el claustro gótico de la iglesia.

– Me encantan los claustros góticos -siguió él la broma-. Y el sitio es muy, muy apropiado para una chica que se llama Maud. ¿Y la dama de honor número tres?

– Si consigues evitar a la número uno y la número dos, creo poder asegurar que Fiona te hará pasar un buen rato.

– Gracias por el consejo. Te invitaré a comer el domingo después de la boda para contarte qué tal me ha ido, ¿de acuerdo?



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