
Sin previo aviso, la broma se volvió amarga. Daisy estaba inventándose historias para tomarle el pelo, pero la realidad era muy parecida a lo que él acababa de decir. Podía soportar a las chicas de Robert en teoría, a distancia. Pero no quería oír hablar de ellas.
– Podemos comer juntos, pero puedes guardarte el relato para tus amigotes. Soy demasiado joven para escuchar ese tipo de cosas.
– Probablemente -dijo él-. Aunque Gregson no parecía pensar eso.
– Nick Gregson es un adolescente crecidito. ¿Qué sabe él?
Robert paró frente a la casa de los padres de Daisy, muy cerca de la casa donde vivía su madre desde que se divorció de su padre.
– Gracias por el viaje. Nos veremos en la iglesia -sonrió ella.
Robert arrancó el coche de nuevo y condujo, pensativo.
¿Cuántos años tenía Daisy? La conocía desde que era una niña. Después, había sido una adolescente flaca y larguirucha y, aunque se había quitado el aparato de los dientes, seguía pareciendo una cría.
Pero la noche anterior…
– ¡Robert! -lo saludó su madre frente a la verja. Había estado paseando al viejo Major y el animal se acercaba Robert moviendo la cola de lado a lado, contento de verlo.
– Hola, Major -murmuró Robert acariciando sus orejas.
– No te esperaba tan temprano -dijo Jennifer Furneval, besando a su hijo.
– He traído a Daisy.
– ¿Ah, sí? -sonrió su madre-. Hace mucho que no la veo. ¿Cómo está?
– Un poco irritada con lo de la boda. ¿Sabes que ha tenido que ocupar el sitio de una de las damas de honor en el último momento?
– Su madre me lo dijo. Margaret está encantada, por supuesto.
– Pues Margaret podía pensar un poco más en los sentimientos de Daisy. Ella está que se sube por las paredes.
– ¿Por qué? La mayoría de las chicas daría cualquier cosa por ser dama de honor.
– Vamos, mamá. Tú conoces bien a Daisy. A ella no le gusta arreglarse -dijo Robert. Aunque a veces… como la noche anterior, por ejemplo. Se había arreglado mucho para la fiesta de Monty. O para alguien antes de la fiesta. La idea de que salía con alguien seguía molestándolo.
