
– ¿Os veis mucho en Londres?
– Comemos juntos a veces -respondió él. Pero; ¿qué hacía ella el resto del tiempo? Daisy nunca hablaba demasiado sobre sí misma-. Y anoche estuvimos juntos en la fiesta de Monty Sheringham.
– ¿Eso quiere decir que Janine es historia?
– Sí. Me ha dejado. Ella quería un marido, una familia, ya sabes…
– En otras palabras, todo lo que tú no puedes ofrecer.
– El hombre que conoce sus limitaciones es feliz.
– Es posible -dijo su madre, dándole un golpecito en el brazo-. Aunque a veces creo que es cierto lo de «ojos que no ven, corazón que no siente». A menudo pienso que hubiera sido mejor no enterarme de las aventuras de tu padre. Probablemente ahora seguiría casada con él.
– ¿Viviendo una mentira?
– Todos vivimos una mentira en mayor o menor medida. Tú dejas que las jovencitas que se enamoran de ti piensen que pueden hacerte cambiar de opinión sobre el matrimonio.
– Yo siempre dejo eso muy claro desde el principio.
– Pero ellas no te creen. Y tú sabes que no te creen -su madre se encogió de hombros-. Simplemente aparentan que no están interesadas en el matrimonio mientras intentan convencerte.
– Ese es un comentario muy cínico.
– Pero cierto. ¿Por qué no haces un poco de café mientras le doy de comer a Major?
– ¿Puedo hacerte una pregunta? -preguntó Robert. Su madre se paró en la puerta-. Nunca has dejado de querer a mi padre, ¿verdad?
– ¿Lo has visto recientemente?
La cara de su madre se había iluminado. Esa era la respuesta.
– Me llamó y estuvimos cenando juntos hace una semana. Me preguntó por ti. Siempre me pregunta por ti.
– Se está haciendo viejo y ya no hay tantas mujeres detrás de él. ¿Cómo está? -preguntó. Robert se encogió de hombros. Su madre le puso una mano en el hombro-. Tú no eres como él, Robert.
