
– Al contrario. Cada vez que veo a mi padre es como si me mirase en un espejo.
– El aspecto no significa nada. Lo que importa es el interior. Pero tienes razón. Nunca he dejado de quererlo.
– ¿Y por qué no miraste para otro lado? Después de todo, nada habría cambiado.
– ¿Quién está siendo cínico ahora? -sonrió su madre-. Podría haber ignorado los hechos, cariño. Podría haberlo hecho. Por ti y por mí. Pero una vez que te enfrentas con la realidad, nada vuelve a ser lo mismo.
– Tienes que preocuparte un poco más por tu aspecto, Daisy -estaba diciendo su madre-. ¿No te importa lo que piensen los demás? Deberías tomar ejemplo de tu hermana.
Sarah estaba con su marido y sus dos hijos en el salón. Todos guapos y elegantes, sin una arruga.
– Vamos a la iglesia, mamá, no a un desfile de modas. ¿Quieres que te eche una mano en la cocina?
– La señora Banks lo tiene todo controlado. Vamos arriba, a ver si puedo hacer algo con tu pelo.
Daisy miró a su padre, con un ruego silencioso. David Galbraith se aclaró la garganta y miró su reloj.
– Creo que iré a… hablar con Andrew.
Su madre la tomó de la mano y, juntas, subieron la escalera hasta su habitación.
Veinte minutos más tarde, Margaret Galbraith tenía que admitir su derrota y permitía a Daisy que volviera a hacerse la trenza.
– Es culpa de tu padre.
– ¿Qué es culpa de mi padre?
– Toda su familia tiene un pelo imposible. Michael y Sarah han salido a mí, afortunadamente, pero tú… -suspiró-. Vas a tener que hacer algo con ese pelo antes de la boda.
– Sí, madre -dijo ella débilmente. Su madre la miró, severa-. De verdad. El lunes tengo una cita con el peluquero de Ginny.
– Menos mal -murmuró Margaret Galbraith, poco convencida, mirando los vaqueros de su hija-. Aún tienes tiempo de cambiarte… Mira, yo tengo un traje rosa que te quedaría precioso…
