¡Rosa! ¡Perfecto, desde luego! Solo le haría falta una capa de chocolate por encima.

– Mamá, ya tengo que soportar el vestidito de dama de honor. Es suficiente por este mes, ¿no te parece?

Su madre tuvo que hacer un esfuerzo para no replicar y, al fin, se encogió de hombros.

– ¿Cómo es el vestido?

– Uy, es precioooooso -contestó Daisy, aparentando entusiasmo para que su madre la dejara en paz por el momento. Y lo era. Para una morena con un buen busto. Quizá debería comprarse un sujetador de los que Robert le había recomendado. Presumiblemente, él sabía de lo que: estaba hablando.

Cuando bajaron de nuevo al salón, Michael acababa de llegar y su madre se olvidó por completo de Daisy.

– Hola, flaca -la abrazó su hermano.

– ¿Dónde está Ginny?

– La he dejado en casa. Irá con sus padres a la iglesia -contestó él-. Bueno, ¿has encontrado pareja para la boda?

– Anoche conocí a un hombre guapísimo. Un australiano que a mamá le hubiera encantado, pero Robert me lo espantó -explicó ella. Michael levantó una ceja, sorprendido-. Aparentemente, no le caía bien.

– Robert siempre ha sido muy protector contigo.

– ¿Ah, sí? -murmuró Daisy, poniéndose colorada. Muy mal hecho. Tenía la sospecha de que Michael era la única persona en el mundo que sospechaba lo que sentía por Robert-. Bueno, es que no tiene ninguna hermana pequeña. Y tú siempre lo has compartido todo con él.

– No todo -sonrió su hermano-. Si quiere una esposa, tendrá que buscársela por su cuenta.

– Él no quiere una esposa.

– Es que no ha conocido a la mujer adecuada.

– Ya, claro. Esa es su excusa para seguir buscándola… entre cientos y cientos -sonrió Daisy. Michael soltó una carcajada. Solo la idea de que Robert estaba decididamente en contra del matrimonio hacía que Daisy pudiera soportar sus líos románticos.



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