
– Ah, sí, claro, fue muy «divertido». Especialmente cuando me tirasteis al río para que no me picaran.
– Pero yo te saqué.
– Sí, es verdad. Y las avispas te picaron a ti -sonrió ella, tomando su mano-. Se te hincharon los dedos -añadió, mirando sus nudillos-. Y esta cicatriz te la hizo el perro de Billy Pemberton cuando intentaba morderme y tú te pusiste en medio. Yo era un incordio, ¿verdad?
– Un espanto. Solo te aguantábamos porque siempre llevabas una cesta con comida.
– Sabía que no me enviaríais a casa si llevaba bocadillos.
– Quizá deberíamos venir a pescar el próximo fin de semana. Si tú traes la comida, yo traeré los gusanos -dijo Robert-. Eso si no tienes que trabajar el sábado por la tarde otra vez.
– No sé si podré. Voy a estar dos días fuera de Londres.
– ¿Dónde vas? -preguntó él, alarmado.
– A una subasta en Warbury. Por cierto, tu madre quiere que puje por ella. Hay un bol Imari que le gustaría mucho comprar.
– ¿Ah, sí? -preguntó él, distraído.
– La verdad es que estoy un poco nerviosa. Es la primera vez que voy sola a una subasta.
Robert la miró. En realidad, él nunca se había preocupado mucho por su trabajo en la galería. Hasta aquel momento había creído que solo se dedicaba a contestar el teléfono y a quitarle el polvo a los objetos. Aparentemente, no era solo su madre quien la subestimaba
– Empieza a hacer frío -dijo, ofreciendo su brazo.
Daisy dudó un segundo. ¿Desde cuándo dudaba?, se preguntaba Robert. ¿Desde que tenía aquel amante secreto? La idea de Daisy en los brazos de un desconocido lo hacía sentir extrañamente incómodo.
– Creo que es hora de volver -murmuró ella-. ¡Te echo una carrera! ¡El último tendrá que limpiar las patas de Flossie! -rió. Por detrás, seguía pareciendo una adolescente, pero su madre tenía razón. Una vez que se ha visto la realidad, no hay forma de engañarse. Daisy Galbrait ya no era la hermana pequeña de Michael.
