
Eran casi las ocho cuando llegaron al apartamento de Daisy.
– Gracias por traerme, Robert -dijo ella, saliendo del coche a toda prisa, como si quisiera librarse de él.
Durante el viaje, cada vez que había intentado llevar la conversación hacia su vida personal, con quién salía, qué hacía los días de la semana, ella cambiaba de conversación. Había pasado la mitad del viaje hablando de su nuevo ordenador.
– ¿Suficientemente agradecida como para enseñarme tu nuevo ordenador?
Daisy lo miró como si estuviera loco.
– ¿Es que no ves suficientes ordenadores en el banco?
– No es lo mismo. Mi madre está pensando comprar uno para buscar objetos orientales en Internet y ya que tú estás tan entusiasmada con el tuyo, quizá podría comprar el mismo modelo. ¿Es fácil de usar?
– Facilísimo.
– Enséñamelo -dijo él, saliendo del coche-. Por supuesto, no diría que no a una taza de café. De hecho, tampoco diría que no a un trozo de pastel. Real, no virtual.
– No tengo pasteles.
– Pues galletas.
– Muy bien -se rindió ella-. Media hora. Ni un minuto más. Tengo que dormir para estar presentable mañana por la mañana.
– Lo que tú digas -asintió él. Robert siempre decía eso y después hacía lo que le daba la gana, pensaba Daisy.
– Qué obediente -bromeó ella, mientras subían al apartamento. Se sentía más cómoda cuando se trataban de ese modo que cuando él hacía comentarios sobre su pelo. No estaba acostumbrada a sus cumplidos.
– Nunca discuto con una mujer -dijo Robert; pero lo que estaba pensando era que no necesitaba dormir para estar guapa. Su cuerpo nunca sería voluptuoso, pero tenía una piel y un pelo preciosos.
Su hermana Sarah tenía unas facciones bien proporcionadas, pero la cara de Daisy era mucho más interesante. Y, respecto a su figura, como siempre llevaba ropa ancha, en realidad no tenía ni idea.
