
– Estoy segura de que a las damas de honor les va a encantar. El terciopelo es tan calentito, tan suave…
– Mi madre -le recordó Robert-. Y deja de reírte. Se te va a caer la mandíbula.
Su madre no estaba en casa y Robert pensó que era lo mejor. Si Mary había asumido que su interés por Daisy era algo más que amistad, presumiblemente a cualquiera que le hablara de ella pensaría lo mismo. Y no tenía ganas de discutir con su madre sobre la hermana pequeña de Michael.
Aunque el propio Michael había dejado claro que Daisy ya no era una niña. Y quizá era cierto, pero él tenía muchos más años de experiencia y estaba decidido a arrancarla de los brazos de un amante indeseable. Era su obligación.
Robert llamó a Monty Sheringham. Al fin y al cabo era periodista y tenía contactos en todas partes. Su amigo ni siquiera dudó un momento; la subasta a la que Daisy iba a asistir tenía que ser la de Warbury. La familia Warbury, que había dado nombre al pueblo, era muy conocida para cualquier aficionado a las antigüedades.
Como Daisy se quedaría a dormir en el hotel, era más que probable que su amante apareciera por allí.
Pues bien, Robert también iría. Solo había un hotel decente en Warbury y llamó para reservar habitación.
– Solo nos queda una habitación sin cuarto de baño -dijo la recepcionista-. Es por la subasta.
– Si es lo único que tiene, de acuerdo.
Robert pasó el resto de la tarde trabajando y cuando llegó a casa se dio cuenta de que Daisy no había llamado para darle las gracias por el almuerzo. Debía de estar muy preocupada para olvidar sus buenos modos, o muy decidida a no hablar con él. Pero, ¿por qué?
Después de quitarse la chaqueta, encendió el contestador y se sirvió una copa.
– ¿Robert? Soy Janine. Perdona que te moleste, cielo, pero ¿has encontrado un pañuelo de seda? No lo encuentro por ninguna parte. Llámame si lo encuentras, por favor.
