Daisy se quitó la ropa empapada, se puso un batín de seda con diseño oriental y se sentó en un sillón con una toalla en la cabeza.

Después de un día entero buscando objetos entre los tesoros coleccionados por generaciones de Warburys y de tener que soportar el día de lluvia más espantoso que había conocido, se merecía un poco de descanso.

El primer día de rebajas en Harrods nunca volvería a parecerle duro, pensaba irónica, mientras miraba el minibar. Le hacía falta una copa de coñac o algo que la hiciera entrar en calor.

Lo haría un minuto después. Por el momento, lo que necesitaba era cerrar los ojos. Solo un minuto…


El hotel de Warbury era una antigua casita de campo con paredes de madera, chimeneas y ventanas emplomadas, la clásica imagen de la antigua Inglaterra tan venerada por los turistas.

La lluvia era genuina también, desde luego, y Robert tuvo que abrirse paso entre un montón de visitantes para llegar al mostrador de recepción.

– ¿Ha llegado la señorita Galbraith? -preguntó.

– ¿La señorita Galbraith?

– De la galería Latimer.

– Ah, sí, claro. Acaba de llegar -sonrió la recepcionista-. ¿Desea reservar mesa para cenar? El hotel está lleno y vamos a tener que organizar turnos en el comedor.

– No lo sé. Tengo que consultar con la señorita Galbraith -contestó él. Era posible que Daisy tuviera otros planes. La idea era tan deprimente que, por un momento, Robert pensó en volver a Londres-. ¿Puede darme el número de su habitación?

Tardó menos de diez minutos en subir a su habitación, ponerse ropa seca e ir en busca de Daisy. Pero cuando iba llamar a la puerta se quedó pensando un momento. Tenía la excusa preparada, pero no podía dejar de sentirse como un detective barato a punto de pillar al culpable marido in fraganti.



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