Robert no había pensado qué haría si estuviera acompañada; él no quería humillarla. Eran amigos, más que amigos y su preocupación por, ella era real. Entonces recordó el brillo de sus ojos cuando la había besado. Y cómo había deseado él hacer algo más que besarla. Y, de repente, decidió que tenía que saber la verdad.

Robert llamó a la puerta, decidido. Pero no hubo respuesta.

Quizá estaría dándose un baño, pensaba, o quizá estaba concentrada en el catálogo de la subasta y no quería distracciones. Una semana antes aquello era lo que habría pensado, pero en aquel momento… quizá estaba en los brazos de su amante.

Robert volvió a llamar, aquella vez con más fuerza.


Daisy se despertó, sobresaltada. Por un momento, no sabía dónde estaba ni qué hora era y tuvo que mirar el reloj. Apenas había dormido veinte minutos.

Después escuchó un golpe en la puerta y, suspirando, se levantó del sillón convencida de que sería la camarera para abrir la cama.

– Hola, Daisy.

– ¡Robert! -exclamó ella, atónita. Robert entró en la habitación sin esperar que lo invitara.

No sabía lo que iba a encontrar, pero verla despeinada, medio dormida y envuelta en un batín de seda hizo que se le quedara la boca seca.

Cualquier pretensión de que aquello no era personal se fue por la ventana. Lo único que deseaba era tomarla en sus brazos y seguir haciendo lo que había empezado el sábado por la noche.

¿No era cierto que no había podido apartar a Daisy de su mente desde entonces? ¿No había despertado el monstruo de los ojos verdes al verla con Nick Gregson?

– Qué habitación más cómoda. Un poco grande para una persona sola, ¿no?

– No había elección. Era esto o un ático sin cuarto de baño -explicó ella-. Robert, ¿qué estás haciendo aquí?

– Tengo una misión -contestó él, mirando alrededor para ver si encontraba alguna señal de presencia masculina. Pero no había nada-. ¿Me invitas a un té?



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