
– Estaba intentando decidirme entre un té y un coñac cuando me quedé dormida -confesó ella, pasándose una mano por el pelo-. ¿Qué clase de misión?
– Es demasiado pronto para un coñac.
– Probablemente, pero he tenido un día de perros -sonrió ella, tomando la tetera eléctrica y yendo al baño para llenarla de agua-. ¿Qué clase de misión, Robert? -insistió.
– Quizá la palabra «misión» es demasiado fuerte. Es más un recado. He venido a hacerte compañía, a invitarte a cenar… -Daisy salía del cuarto de baño en ese momento y lo miró, incrédula. El batín de seda dejaba ver un par de largas y esbeltas piernas y, en ese momento, Robert recordó las piernas de Daisy cuando era una adolescente. Entonces sus rodillas le parecían huesudas. Pero no lo eran. La idea lo hizo sonreír.
– ¿De qué te ríes?
– De nada -contestó él, poniéndose serio-. Te has hecho algo en el pelo.
– Ya te dije que iba a ir a la peluquería. No me han hecho mucho, solo cortarme un poco. Parece que el peluquero decidió que no valía la pena esforzarse -explicó ella-. ¿Por qué has venido, Robert?
– Para invitarte a cenar, ya te lo he dicho.
– Nadie en su sano juicio viajaría con este tiempo a menos que tuviera una buena razón.
– Eso es verdad.
– ¿Tenías que venir?
– Mi madre me pidió que viniera a Warbury con mi chequera para que pudieras pujar por no sé qué cosa oriental -explicó él, mientras Daisy enchufaba la tetera.
– Pues me temo que has hecho el viaje en balde. El plato que tu madre quería es una simple copia.
– ¿Falso?
– Falso, no. Una copia. Está hecho con auténtica porcelana china, pero es un modelo copiado en Europa. Engañaría a un aficionado, pero no a Jennifer.
– Qué pena. Pensaba regalárselo por su cumpleaños. ¿No hay ningún otro objeto que pueda interesarla? -preguntó Robert, observándola. Daisy tenía un aspecto diferente, era algo indescriptible, algo que nunca antes había visto.
