– Es posible. ¿Cuánto quieres gastarte?

– No lo sé -se encogió él de hombros-. Lo sabré cuando vea el objeto.

– ¿Cuando lo veas?

– Claro. Ya que estoy aquí, me quedaré para la subasta.

– ¿Vas a quedarte? -preguntó ella. Por un momento, pensó en hablarle sobre el plato Kakiemon que había descubierto dentro de una de las cajas en la cocina de la mansión Warbury. Había pensado comprarlo ella misma para Jennifer, si podía conseguir un buen precio. Pero era imposible saber cómo reaccionaría la gente en una subasta y no quería entusiasmarse-. ¿Y dónde vas a dormir?

– En el ático sin cuarto de baño que tú no has querido, supongo -contestó él.

– No seas bobo, Robert. Todas las habitaciones están reservadas, no encontrarás nada libre.

Robert se dio cuenta de que ella no lo había entendido, pero no le explicó que había reservado la habitación.

– Bueno, tú tienes una cama libre y no me dejarás dormir bajo la lluvia, ¿verdad?

– No te disolverás, no te preocupes.

– Es posible, pero si no me quito estos zapatos pronto pillaré una neumonía y no podré ser el padrino en la boda de tu hermano…

– Y sin ti, tendrían que cancelar la boda, ¿no? -sonrió ella. Robert asintió-. Ni lo sueñes.

Ese era el típico intercambio de bromas entre amigos, pero Robert detectó una cierta tensión, un cierto nerviosismo. La segunda cama estaba reservada y tres eran multitud. Había esperado aquello y, sin embargo, una extraña impotencia parecía ahogarlo. Tenía que saber.

– Buscaré habitación en algún pueblo cercano, pero podemos cenar juntos.

– La verdad es que yo había pensado tomar un bocadillo e irme a la cama temprano -dijo ella, haciéndose un ovillo en el sillón.

– ¿Tú sola? -las palabras habían salido de su boca sin pensar.

– Vuelve a Londres, Robert. Si encuentro algo para tu madre, me lo pagarás otro día.



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