
Ella no parecía haberse dado cuenta de la insinuación. O era muy buena disimulando.
– Al menos invítame a un té antes de echarme. Una tacita de té para entrar en calor -sonrió, echando el agua caliente en las tazas-. ¿Sabes una cosa? No tienes que preocuparte por tus rodillas. Son perfectas.
– Siempre han sido perfectas -bromeó ella, cubriéndose las piernas con el batín. ¿Por qué se mostraba tan tímida?, se preguntaba Robert. Sus piernas no eran exactamente un misterio para él. La había visto miles de veces en bañador cuando jugaban en el río de pequeños.
– ¿A qué hora empieza la diversión? -preguntó, apartando la mirada.
– ¿Qué diversión?
– La subasta.
– Ah, eso. A las diez, pero yo no lo describiría como una diversión. Con un poco de suerte, estaré de vuelta en Londres a las cinco.
– ¿Y quién va a llevarte?
– Volveré en tren.
– Si me quedo, yo podría llevarte -sonrió él, terminando su taza de té.
– Te aburrirías. No es una de esas subastas que salen en televisión, con cuadros que valen millones.
– He estado en otras subastas. ¿Seguro que no quieres cenar?
Daisy se levantó del sillón y lo acompañó a la puerta.
– Seguro. Pero gracias.
Robert alargó la mano para acariciar su cara.
– Estoy empezando a pensar que quieres librarte de mí, patito. No tendrás un amante escondido en el baño, ¿verdad?
– Vaya, me has pillado -rió ella. Sus labios eran más invitadores de lo que Robert nunca hubiera imaginado-. Por favor, conduce con cuidado -aconsejó, poniéndose de puntillas para besarlo. El aliento femenino en su cara, el roce de su pelo, todo aquello hacía que Robert sintiera un montón de emociones extrañas.
Una semana antes se hubiera reído ante la idea de que Daisy tuviera un amante. Pero, en aquel momento, no podía quitarse la idea de la cabeza. Y le dolía mucho más de lo que nunca hubiera imaginado.
