
Daisy se apoyó en la puerta, suspirando. En silencio, maldecía a Robert y a sí misma por amarlo tan desesperadamente.
Pero no podía hacerlo. No podía dejar que condujera bajo la lluvia aquella noche. No se lo haría a nadie y mucho menos al hombre que amaba, solo para ahorrarse la angustia de tenerlo cerca. Compartir dormitorio con él era una pesadilla, pero no podía dejarlo marchar.
Cuando abrió la puerta, el pasillo estaba desierto.
– ¡Maldita sea! -murmuró, poniéndose las botas a toda prisa antes de salir corriendo hacia la escalera-. ¡Robert! -lo llamó. Él se volvió y, por un momento, se quedó sin habla.
– ¿Qué pasa, patito?
– Pues… he cambiado de opinión sobre la cena -dijo Daisy. En ese momento, se dio cuenta de que los clientes que estaban en el vestíbulo los miraban, sorprendidos-. Jennifer nunca me perdonaría si te dejo abandonado en medio de la lluvia teniendo una cama libre.
– Muy bien -sonrió Robert-. ¿Por qué no vas a vestirte mientras yo reservo una mesa?
¿Vestirse? Daisy tardó un segundo en comprender. Y entonces, horrorizada, comprobó que estaba frente a un vestíbulo lleno de gente con un batín de seda que apenas cubría sus muslos. Intentando conservar la calma, se dio la vuelta y empezó a subir la escalera despacio. Le hubiera gustado salir corriendo, pero no era el momento de tropezarse con los cordones de las botas.
El mundo de los coleccionistas era muy reducido y estaba segura de que, diez años después, la gente seguiría diciendo: «¿Daisy Galbraith? La conozco. Yo estaba en Warbury la noche que persiguió a un hombre medio desnuda…» Los compradores de antigüedades eran como los pescadores, nunca contaban una historia sin exagerarla.
Daisy cerró la puerta de un golpe. ¿Por qué no se había quedado en su habitación como una persona sensata?, se preguntaba. Ella era una persona sensata. Llevaba siendo sensata desde los dieciséis años, cuando se dio cuenta de que tenía dos opciones: dejar que Robert Furneval le rompiera el corazón o mantenerlo guardado bajo llave.
