
Daisy apartó la mano rápidamente.
– ¡Monty! ¿Qué estás haciendo aquí?
– Cubriendo la subasta, querida -contestó él, inclinándose para besarla en la mejilla-. Pensé que te encontraría aquí.
– Qué bien -murmuró ella, sin saber qué decir. Robert casi podía ver las antenas del periodista buscando la noticia.
– No hemos vuelto a hablar después de mi fiesta. ¿Lo pasaste bien?
– Sí. Estupendamente -contestó Daisy, nerviosa.
– Nick Gregson no lo pasó tan bien como esperaba. El pobre tuvo que soportar que le robaran a la chica de sus sueños delante de sus narices -sonrió Monty-. Eres muy listo, Robert.
Pero Robert tenía demasiada experiencia como para morder el anzuelo.
– Solo estaba ayudando a una amiga.
– Qué devoción. O quizá has heredado el ojo de tu madre para las cosas preciosas.
– Solo estoy aquí para firmar un cheque, Monty. Mi madre le ha pedido a Daisy que puje por un objeto en la subasta de mañana.
– ¿Ah, sí? Bueno, se me está enfriando la trucha, así que os dejo para que sigáis haciendo manitas -sonrió Monty-. Os espero en el bar después de cenar.
Robert lo observó volver a la mesa y después miró a Daisy.
– Monty es buena persona -lo disculpó ella-. Solo se estaba haciendo el gracioso. Pero, ¿qué está haciendo aquí? Él escribe la columna de vida social, no la de arte.
– Esta subasta es el último vestigio de una venerable dinastía con un armario heno de esqueletos -dijo Robert-. Esperemos que esté demasiado ocupado con ellos como para hablar de nosotros.
– Monty no haría eso -protestó Daisy.
– Es un periodista, cariño. Yo no estaría tan seguro.
Robert estaba esperando a Monty cuando este entró en el bar.
– ¿Estás solo?
– Daisy ha tenido un día muy duro. Podrás hablar con ella mañana, si el desmantelamiento de la dinastía Warbury no te tiene demasiado ocupado.
