
– No. La historia ya está escrita y documentada. Solo estoy buscando un par de toques más. Las hordas rebuscando entre los huesos y esas cosas.
– Pues aquí encontrarás toques como para llenar tu columna.
– Si esa es una forma de decir que no escriba sobre ti, Robert…
– No me importa que hables de mí, Monty. Pero espero que Daisy te importe lo suficiente como para no avergonzarla.
– He hablado con el director del hotel, ¿sabes, Robert?
– Entonces sabrás que yo había reservado una habitación.
– Y también sé que, en un acto de caballerosidad, se la has ofrecido a una damisela en desgracia. En recepción estaban conmovidos, pero eso no es algo inusual. Una sonrisa tuya puede mover montañas -sonrió Monty, irónico-. Puede que me equivoque, pero no creo que vayas a dormir en tu coche -añadió. Robert no dijo nada. Estaba seguro de que la historia de las camas separadas no lo convencería-. Por cierto, ¿no conocerás a un buen contable? Alguien que no me cobre un dineral.
– Estoy seguro de que podré encontrar a alguien. Cualquier cosa por un amigo.
Monty asintió, aparentemente ajeno al sarcasmo.
– Gracias. ¿Quieres una copa? -preguntó, haciéndole una seña al camarero-. La verdad es que no me sorprende en absoluto.
– ¿Qué es lo que no te sorprende?
– Lo de Daisy y tú. Dos brandys, por favor -le indicó al camarero-. No, lo estaba pensando durante la cena. En realidad, siempre la buscas a ella, ¿verdad? Tienes muchas relaciones, pero nunca duran más de unos meses. Cuando vas a una fiesta, o al teatro, la chica que va de tu brazo es Daisy.
– No te entiendo.
– Entonces, Robert, no eres tan inteligente como creía -sonrió Monty.
– ¿Daisy?
No hubo respuesta y cuando Robert se acercó a la cama, vio que estaba dormida. Tumbada de lado, con la cara medio escondida en la almohada, el pelo revuelto, su cuerpo formaba una suave curva debajo de las mantas.
