– Adiós… -susurró, inclinándose para besarlo en la mejilla. No sabía por qué la emocionaba despedirse de él. Quizá porque sabía que nunca más tendría la oportunidad de compartir un momento como aquel con el hombre que amaba. Las lágrimas que asomaron a sus ojos la pillaron por sorpresa-. Adiós, Robert -repitió, antes de salir a toda prisa de la habitación.


El teléfono despertó a Robert, que alargó el brazo para tomar el auricular sin saber bien dónde estaba.

– Dígame -contestó, medio dormido.

La voz que escuchó al otro lado lo espabiló inmediatamente.


En el comedor había murmullos de expectación de compradores y coleccionistas, que se habían reunido para desayunar. Daisy estaba sirviéndose un café cuando se encontró con Monty.

– Buenos días. ¿Robert sigue durmiendo? -sonrió el hombre. A pesar de sus esfuerzos, Daisy se puso colorada-. No te preocupes, no se lo contaré a nadie.

– No hay nada que contar, Monty.

– ¿No? Robert me dijo lo mismo anoche. Pero estaba dispuesto a sobornarme.

¿Sobornarlo? ¿Cuánto valdría su reputación?, se preguntaba Daisy. ¿Y por quién estaría preocupado Robert, por la reputación de ella o por la suya?

– ¿No querrás que te crea? Tú sabes perfectamente que Robert y yo solo somos amigos…

– ¿De verdad? -sonrió Monty, sirviéndose un zumo de naranja.

– Ninguna persona con corazón hubiera dejado que se fuera con esa lluvia. Ni siquiera tú -afirmó, mirándolo a los ojos. Si le hacía creer que tenían algún secreto, estaba segura de que Monty seguiría indagando hasta encontrar algo. Y no había nada que encontrar-. Puedes intentar convencerme de que eres un villano, pero yo sé que no es verdad.

– Oh, maldición -rió Monty entonces-. No se lo dirás a Robert, ¿verdad? Me ha prometido buscar a alguien que me haga la declaración de la renta.

Aquello contestaba su pregunta. Su reputación a cambio de los servicios de un contable. Daisy soltó una carcajada.



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