
– Tu secreto está a salvo conmigo. Yo no diré nada si tú no dices nada.
Robert había estado soñando con Daisy. Después de colgar el teléfono, aún medio dormido, se había vuelto hacia su cama.
Pero estaba vacía.
Algo le hizo tocarse la cara. Su mejilla estaba ligeramente húmeda y cuando se miró los dedos había una pequeña mancha de carmín. De modo que no había sido un sueño.
– ¿Daisy? -la llamó. Pero su bolsa de viaje es- taba al lado de la puerta y su abrigo no estaba colgado en la percha-. ¡Maldita sea! -exclamó, apartando las sábanas. Solo entonces se le ocurrió mirar su reloj. Las nueve y media.
Había tardado mucho en dormirse y, durante todo el tiempo, mientras escuchaba la respiración de Daisy, había estado dándole vueltas a la cabeza, intentando llegar al fondo del misterio…
Robert se miró en el espejo del cuarto de baño y volvió a tocarse la mejilla. Después, sin saber por qué, se llevó el dedo a los labios. Y probó el sabor salado de las lágrimas…
Había dejado de llover y Monty se ofreció a llevarla en coche hasta la subasta.
Una vez allí, el periodista desapareció para echar un vistazo a las glorias perdidas de los Warbury, mientras ella se registraba para pujar, tomaba su número y echaba un último vistazo a las piezas que esperaba comprar para la galería, incluyendo un paseo aparentemente distraído al lado de la caja que contenía el supuesto plato Kakiemon. Cuando iba a entrar en la carpa donde tendría lugar la subasta, vio a Robert esperándola.
Y no parecía muy alegre.
Había docenas de personas buscando sitio en la carpa, pero era imposible que Daisy pasara desapercibida.
Hasta una semana antes, Robert habría dicho que lo sabía todo sobre Daisy Galbraith. Y se habría equivocado. Era obvio que no sabía nada sobre ella. Aquella Daisy era una extraña que, en otras circunstancias, él estaría deseando conocer y… conquistar.
