
No eran solo los rizos rubios que caían sobre su cara. Ni el precioso traje rojo, con una falda corta y estrecha que demostraría a cualquiera que no le pasaba nada en las rodillas. Lo que realmente lo confundía era que él nunca se hubiera dado cuenta de todo eso.
Y le dolía. Realmente le dolía que otro hombre se hubiera fijado.
– Deberías haberme despertado -dijo, sin más preámbulos.
Daisy apenas lo miró, demasiado ocupada buscando su sitio entre los coleccionistas. ¿O estaría buscando a alguien en particular?
– Parecías tan dormido que no quise despertarte. ¿Qué pasa? ¿Te has perdido el desayuno?
Su impertinencia lo irritó, igual que su nueva y sexy imagen, mucho más llamativa a la luz del día. Prefería a la niña dulce que había visto la noche anterior en la cama. Una chica que nunca usaría un carmín de labios tan llamativo.
Y, sin embargo, sus labios lo encendían. La imagen de Daisy inclinándose para besarlo mientras dormía provocó una ola de deseo en su interior.
– El desayuno es la última de mis preocupaciones. Tu hermana ha llamado.
– ¿Sarah? -preguntó ella, frunciendo ceño-. ¿Qué ha pasado?
– No tengo ni idea -contestó él-. Tenía demasiada prisa por colgar para contarle a todo el mundo que yo había contestado al teléfono en tu habitación.
– ¿Le has contado que hemos pasado la noche juntos? -preguntó Daisy, con el corazón acelerado.
– No -contestó él. En realidad, no habían pasado la noche juntos-. Cuando sonó el teléfono, estaba dormido y no me di cuenta de que no debería contestar. Por eso tenías que haberme despertado, Daisy.
– Es verdad -murmuró ella-. Lo siento.
– ¿Por qué te disculpas?
– Pues… porque pareces molesto, y me imagino por qué. Esos rumores pueden arruinar tu reputación.
– ¿Mi reputación? -repitió él-. ¿De qué estás hablando? ¿Qué pasa con tu reputación?
