
– Yo no tengo reputación, Robert. Bueno, no esa clase de reputación. Pero los rumores pueden crear una aureola de misterio a mi alrededor -bromeó ella, como si no tuviera la menor importancia-. ¿Podemos buscar asiento antes de que todos estén ocupados? Mira, allí hay dos.
– Pero, Daisy… -empezó a decir él, atónito.
Durante un segundo, Daisy se había sentido como si estuviera volando. El mundo pensaría que ella era la amante de Robert Furneval. Era la clase de sueño que solía escribir en su diario cuando era una adolescente…
A ella nunca le habían gustado las estrellas del pop. Solo Robert. Solía soñar que un día él la miraría como si en sus ojos viera el mundo entero y todo el mundo se daría cuenta de que ella era la única para él. Por un momento, por un precioso momento, Daisy había pensado que era una realidad.
Pero los diarios de la adolescencia y la vida real tenían tanto en común como el barro y la porcelana. Y siempre sería así.
Daisy había desarrollado un particular sentido del humor al respecto.
Robert, sin embargo, parecía confuso. ¿Pensaba que se desmayaría, que empezaría a llorar, diciendo que nunca más podría volver a salir a la calle?
– No te preocupes -lo tranquilizó ella-. Llamaré a Sarah en cuanto llegue a casa y se lo explicaré todo.
– ¿Y esperas que te crea?
– ¿Por qué no? Ella haría lo mismo por un amigo que se hubiera quedado sin habitación -se encogió ella de hombros. Además, la idea de que Robert y ella fueran pareja era sencillamente risible-. No tengo por qué mentir.
¿Y su amante?, se preguntaba Robert. ¿Cómo se lo tomaría?
En su lugar, él no sería tan ingenuo.
– Si la elección hubiera sido entre Sarah y un vendaval, yo habría elegido el vendaval.
– Mi hermana habla mucho, ya lo sé.
– Pues te aseguro que esta mañana se ha quedado sin palabras.
Se sentaron en los asientos libres y unos minutos después empezaba la subasta.
