
– ¿Ya está? -preguntó Robert dos horas más tarde, cuando ella ganó al último competidor por un objeto de su lista-. ¿Podemos ir a tomar un café?
– Aún no.
– Pero si ya has comprado todo lo que querías.
– Aún me queda una caja de platos de porcelana -explicó ella.
– ¿Y cómo pensabas llevarte esa caja a Londres?
– ¿No vas a llevarme tú?
– ¿Y si yo no hubiera venido? -preguntó él, suspicaz.
– Me las habría arreglado.
– Estoy seguro de que sí -murmuró Robert.
– ¿Por qué no vas a tomar un café? Me reuniré contigo dentro de un rato -dijo Daisy.
– No, prefiero esperar.
– Entonces, deja de mover el número o acaba remos con una caja de sartenes. Trae, dámelo.
Robert se lo dio y la observó pujar, aparentemente sin emoción, por lotes y lotes de cajas, sin éxito.
– ¿Qué estás haciendo? ¿Quieres todo eso o no lo quieres?
– Calla de una vez -murmuró ella. Cuando una nueva caja de platos de cocina fue colocada en el estrado, Daisy empezó a pujar de nuevo. Un competidor sentado a su derecha levantó su número y Daisy pareció perder interés, pero cuando el subastador iba a adjudicar la caja, levantó su número y cruzó las piernas al mismo tiempo. Cuando su oponente pudo recuperarse de la sorpresa, la caja le había sido adjudicada a ella-. Ya está -sonrió Daisy-. Vamos a firmar los papeles.
– Estoy abrumado -dijo Robert-. Esa ha sido la más increíble exhibición de tretas femeninas que he visto en toda mi vida.
– No te creo. Además, ese tipo llevaba toda la mañana mirándome con ojos de sátiro.
– ¿Y qué esperas con una falda tan corta?
– No es tan corta. Es que estoy sentada -contestó ella, levantándose-. Paga la factura, Robert. Esa última caja la he comprado para tu madre.
– ¿Y ahora qué? -preguntó él, después de pagar por una caja llena de platos inútiles.
– Ve a buscar el coche y coloca la caja en el maletero. Con mucho cuidado. Acabo de resolver tu problema para el cumpleaños de tu madre.
