
«Afronta la realidad: comparada con Sarah o con cualquiera de sus novias eres simplemente nada».
Su madre se había pasado toda la vida diciéndoselo.
– ¡No sé cómo me ha podido salir una hija así! -le había dicho desde niña-. Tendrás que cuidar de tu padre y hacer una carrera en la que no importe ser guapa o fea. Vístete siempre sin llamar la atención, para que no estés ridícula.
Annie hizo una burla a su madre y hermana ausentes. A pesar del tiempo que había pasado, aquellas palabras todavía dolían. La ropa sexy era para mujeres como Sarah y Melissa. Y los hombres como Tom, también.
Y el bebé.
¿Cómo sería eso de tener uno para ella?
Sueños. Con lo corriente y poco atractiva que era, difícilmente encontraría a alguien que le diera la oportunidad de saberlo.
Annie se metió en la cama y apagó la luz, con la intención de dormir.
Pero la voz de Tom se oía clara y alta.
– Lo siento, chicos, pero vais a tener que bajaros de mi cama. Tres ya es multitud, cuatro resulta ridículo. Algún día encontraréis un par de perras y lo comprenderéis.
Los perros hicieron su reproche a coro.
– Está claro. Pero no os preocupéis, esto es sólo por una noche.
¿Qué planes tendría Tom en mente?
Después de un rato, la voz del médico volvió a sonar.
– Son las dos y media de la mañana. Se supone que los bebés de tu edad duermen veinticuatro horas al día.
Pero la hija de Tom no parecía estar de acuerdo con esa rutina.
Por lo que Annie podía oír, la pequeña estaba feliz siempre que su padre la llevara en brazos.
Varias veces Tom le dijo a la pequeña que se durmiera. La luz se apagaba pero, poco después, se volvía a encender.
Poco a poco, se fue escuchando el ligero ronquido de la pequeña, hasta que perros y bebé se quedaron dormidos.
Tom, sin embargo, no hacía más que pasearse arriba.
A eso de las cuatro, dio de comer a su pequeña y, por fin, todo quedó en silencio.
