Cuando Annie se levantó a la mañana siguiente, todo estaba en silencio.

Eran las ocho de la mañana del sábado.

Annie se vistió para ir al trabajo. Se decidió por una falda y una camisa vulgares, pero que le daban un aspecto un poco más formal.

Todo estaba muy tranquilo. Y lo único que había alterado la rutina de un sábado por la mañana era la noticia de la llegada del bebé.

Robbie, el administrador del hospital -o la «matrona» como él mismo se llamaba con sorna- se paró ante ella.

– Annie, cuéntamelo todo -irrumpió él, sin previo aviso.

Ella lo miró realmente sorprendida, incapaz de comprender a qué se refería.

Robbie medía un metro noventa y era grande como un tanque. Era muy amable y considerado con sus pacientes, pero cuando quería que Annie le contara algo utilizaba todo su peso y talla para conseguirlo.

– Doctora Burrows, no consigo que nadie me cuente nada -protestó-. ¿Es verdad que Melissa Carnem dejó al bebé a la puerta del doctor McIver anoche?

– Rob, eso no es asunto tuyo.

– Tampoco es asunto tuyo y, sin embargo, sabes lo que ha pasado. Así que cuéntamelo todo. Pete, mi primo, el que trabaja en el garaje, también lo sabe y Helen. Todos excepto esta alma cándida y miserable.

– Rob, se supone que deberías tratarme con respeto, no obligarme a permanecer inmóvil contra una pared. Coacción.

– Pues entonces lo que tiene que hacer, mi querida doctora, es crecer un poco. ¿Cómo voy a tratar con respeto a medio metro de mujer que parece una adolescente de catorce años?

Annie hizo un gesto cómico.

Robbie era uno de los mejores profesionales con los que se había topado, un enfermero eficiente, amable y trabajador.

Eso sí, no tenía para nada marcada la línea entre médico y enfermero. Pero nadie la tenía en Bannockburn. Y, precisamente, ese era uno de los motivos por los que le gustaba tanto a Annie trabajar allí.



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