– Bueno, cuéntame primero qué sabes tú -le dijo Annie.

– Melissa llenó el tanque de gasolina antes de llegar aquí -comenzó a explicarle Robbie con exagerada paciencia-. Mi primo trabaja en la gasolinera por las noches. Ella se lo contó todo. ¡Te lo puedes creer! Mi primo ha informado ya a todo el valle.

Así que a aquellas tempranas horas de la mañana ya el distrito entero conocía las andanzas del doctor McIver.

– ¿Melissa está todavía en la ciudad?

Robbie dijo que no con la cabeza.

– Según mi primo iba a irse en el primer avión de la mañana. Ahora te toca a ti soltar todo lo que sabes. ¿Melissa le ha dejado o no le ha dejado el bebé al doctor?

No tenía sentido negar nada. Robbie terminaría enterándose tarde o temprano.

– Sí -respondió Annie.

– ¿Y es suyo?

– Eso tendrás que preguntárselo al doctor -dijo Annie.

Robbie sonrió de oreja a oreja. A Robbie le encantaban los bebés. Era padre de tres niños. Desde su punto de vista, todo el mundo debía de estar feliz de ser padre.

– ¿Dónde está el bebé ahora?

– Con el doctor McIver -a Annie le resulto imposible reprimir la carcajada. La mueca de Robbie era demasiado cómica-. ¿Dónde si no? Bueno, supongo que tendremos que echar un vistazo a la úlcera del señor McKenzie. Si no está mejor, tendremos que considerar la idea de operar.

– Yo me ocuparé de los pacientes del doctor McIver. Seguramente estará muy ocupado esta mañana.

– Si es realmente su bebé, va a estar ocupado el resto de su vida.

Durante la hora de descanso, Annie trató de poner al día sus papeles, luego quiso leer el periódico, pero, finalmente, acabó haciendo lo que realmente quería hacer.

Preparó una taza de té y se la llevó al apartamento de Tom.

Llamó a la puerta, pero no hubo respuesta. Annie dudó unos segundos. Por fin, se decidió a abrir y a entrar.

Los perros estaban en el salón. Levantaron, sin demasiado entusiasmo, las orejas al oírla entrar. Estaban cansados. No estaban dispuestos a demostrar nada a nadie.



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