
Annie se dirigió a la habitación. Dio unos ligeros golpes, pero no obtuvo respuesta.
Nada.
Abrió la puerta.
Tom y el bebé estaban dormidos.
Había una cuna del hospital junto a la inmensa cama. Pero estaba vacía.
Padre e hija dormían el uno junto al otro.
Annie se quedó sin respiración al ver la escena.
Como siempre, Tom McIver tenía la capacidad de conmoverla. Lo había hecho desde la primera vez que lo había visto.
Había sido años atrás, cuando ella era aún estudiante. Había ido a darles una charla sobre la profesión y la responsabilidad en los ámbitos rurales. La había sorprendido francamente. Su base era la entrega absoluta. Según decía, cuando se trae un niño al mundo, la vinculación del médico a la familia es total. Ya no se puede separar ni despreocupar jamás.
A pesar de la vida privada tan azarosa del doctor, demostraba en el día a día del hospital su entrega absoluta.
Tom McIver, por eso mismo, no habría podido dejar al bebé llorando en la cuna. Lo había metido en su cama, para reconfortarlo. Y Annie lo amaba por todo eso.
Annie miró al padre y a la hija.
¡Cómo habría deseado haber sido Melissa, la madre de la hija de Tom!
– Pero sólo puedes serlo en tus sueños -murmuró ella.
Tom abrió los ojos en ese momento.
Annie sonrió.
– Te he traído una taza de té.
– ¡Eres un ángel! -respondió él y se incorporó.
Annie avanzó tres pasos.
– ¡No muerdo! -dijo Tom y ella se ruborizó.
– He venido a preguntarte si necesitas algo. ¿Qué vas a hacer? -trató de mantener su voz carente de toda emoción-. Si quieres contactar con alguien de los servicios sociales, sería mejor que lo hicieras ahora. Los sábados por la tarde es completamente imposible.
– Bueno… he estado pensando. Quizás no necesite hablar con nadie. Si encuentro a Melissa, tal vez lo podamos solucionar de otro modo.
