No era nada nuevo para ella. Annie era diminuta, llevaba siempre su espesa mata de rizos castaños recogida en una coleta. Escondía sus ojos gris claro tras el denso cristal de unas gafas y su gesto era más determinado y honesto que seductor.

Comparada con las bellezas con las que se codeaba Tom McIver, Annie era, simplemente, vulgar.

Annie se decía a sí misma unas diez veces al día que le daba exactamente igual ser como fuera.

Después de todo, siempre había sido así y a aquellas alturas ya debería haberse acostumbrado.

– ¿Qué dice la nota? -le preguntó ella curiosa.

Tom se recompuso y cerró el papel.

– Ya te la enseñaré -Tom respiró profundamente y se estiró, para recobrar la compostura que por breve espacio de tiempo había perdido.

– ¿Estás segura de que no es de Sarah? -preguntó Annie.

Tom la miró anonadado.

– No… Melissa… -Tom levantó una mano y se pasó la otra por el pelo-. No, no es de Sara… Quédate con la niña y hazle un chequeo, Annie, por favor. Iré para allá en cuanto pueda…

El hospital de Bannockburn estaba muy tranquilo aquella noche, con cuatro de sus doce camas vacías.

No había ningún niño hospitalizado aquella noche, pero Helen Bannockburn, la enfermera de noche, llegó casi al mismo tiempo que Annie.

Se quedó a ayudarla y pronto comprobaron que la niña estaba muy sana y tenía dos pulmones muy potentes. A eso se añadía esa incipiente sonrisa que los bebés de seis semanas comienzan a esbozar. Helen le preparó un biberón de leche maternizada.

– ¿Quién es? -preguntó la mujer.

Annie no quería dar explicaciones. Necesitaba hablar con Tom antes de decir públicamente que la niña había sido abandonada.

– Tom me pidió que la chequeara -respondió Annie ambiguamente.

Agarró el biberón y comenzó a dárselo.

Las ganas y el vigor con que la pequeña succionaba demostraban que estaba muy sana. Annie sonrió. Helen la miraba con curiosidad. Pero estaba claro que sabía lo que estaba pensando.



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