
Desde que Annie había llegado, la enfermera parecía haberla puesto bajo su protección y siempre cuidaba de ella.
– ¿Sabemos su nombre? -preguntó Helen.
– No.
– Pero… -Helen se quedó pensativa-. Si no lo he interpretado mal, el doctor McIver le pidió que se ocupara de ella… y el doctor no está de servicio esta noche.
– Yo creo… -Annie dudó unos segundos-. Me parece que será mejor que no diga lo que pienso.
– Ya -Helen miró a Annie de arriba a abajo-. Doctora Burrows, ¿cuándo va a hacer algo con esa ropa? Vestida así parece que tiene catorce años. Podría ser muy atractiva si se arreglara un poco más.
– ¿Usted cree? -Annie sonrió. Estaba sentada en el mostrador de la consulta y balanceaba las piernas como una colegiala. Después de todo, la mujer podía tener razón. Los vaqueros y las camisas gigantes que solía llevar no eran el tipo de ropa que resaltara mucho el físico. Tampoco era el atuendo adecuado de un doctor.
Pero, ¿cómo solucionar aquello? Se imagino a símisma con el tipo de ropa que llevaba Sarah y sonrió por dentro. ¡Se vería ridícula! Y las faldas no eran precisamente de su agrado. Se sentía incómoda con ellas.
Helen la miraba interrogante.
Annie continuaba pensativa, pero su cabeza ya había saltado de un lugar a otro.
– Helen, ¿conoces a alguna Melissa? -le preguntó.
– Bueno, está Melissa Fotheringay. Tiene cinco años.
– No es la edad adecuada.
– ¿Qué edad estamos buscando?
– Alguien que pudiera ser la madre de esta criatura.
Helen se quedó en silencio.
– ¿Quieres decir… -frunció el ceño-. ¿Realmente no sabes quién es la madre de esta criatura? ¿Y el doctor McIver tampoco lo sabe?
– No sé lo que el doctor sabe o no sabe. Pero, por favor, no diga nada, sobre todo por el bien de la niña. Piense en todas las Melissa que pueda haber.
