
– No hay ninguna otra Melissa en la ciudad. La única que se me ocurre es Melissa Carnem. Fue enfermera aquí. Vino de Melbourne y se marchó antes de que usted llegara. Pero…
– ¿Pero?
– Era muy rubia, con los ojos claros y esta niña es completamente morena.
– Sí… Pero podría parecerse al padre.
Las miradas de las dos mujeres se encontraron. El mensaje tácito que se pasaron era inconfundible.
Helen miró incrédula al bebé y vio exactamente lo que Annie estaba viendo.
No pensará… -los ojos de Helen estaban abiertos de par en par-. No puede…
– ¿Eran amigos el doctor y la enfermera?
Helen casi se atraganta.
– ¡Dios santo! -Helen no podía apartar los ojos del bebé-. Melissa salió con el doctor, pero…
– ¿Por qué se marchó Melissa?
– Se fue a Israel. Vivía en una burbuja y era muy inquieta. Decía que quería encontrarse a sí misma y decidió irse a vivir a kibbutz. Vino aquí porque pensaba que la vida del campo era lo que buscaba. Pero se aburrió a los dos meses. Y hace unos diez meses que se marchó…
Hubo un silencio.
Diez meses. Todo cuadraba.
La campana interrumpió la amena conversación.
– Debe de ser Robert Whykes. Querrá un analgésico y que le asegure que pronto estará bien.
– Coméntale que mañana viene el fisioterapeuta y que eso lo aliviará.
– Ya se lo he dicho. Pero él no quiere nada que lo alivie. Él quiere estar bien ya. No entiende que una vértebra dañada en el cuello tarda cierto tiempo en corregirse -Helen se volvió hacia la puerta-. Creo que el doctor viene hacia aquí. Estoy impaciente por saber qué es todo esto.
– ¡No eres la única!
Tom entró en la sala y la conversación se vio interrumpida.
Helen lo miró mientras salía. Trató de sonreír, pero no pudo.
El paso largo y decidido del doctor se trocó en parada brusca al ver a Annie con la niña en brazos. La pequeña estaba terminándose el biberón y miraba a Annie con los ojos muy abiertos.
