Una vez más todo empezó a darle vueltas. El mero placer de la caricia dispersó sus sentidos, jadeando e intentando encontrar algo a lo que aferrarse, algo que la mantuviera con los pies en la tierra. Habría esperado cualquier cosa de él… menos esto.

Él inclinó la cabeza y ella sintió el calor de su boca, la suavidad de sus labios cerrados sobre el sensible tendón lateral de su cuello mientras se movía hacia adelante y presionaba su cuerpo contra su espalda, desde el hombro hasta la rodilla. Dios, era tan ardiente… Había sentido frío, pero este calor la abrasaba: se había preparado para la crueldad, pero él había penetrado a través de sus defensas tocándola de una manera que sólo le provocaba placer.

– No te haré daño -murmuró mientras sus labios se movían por su piel a la vez que deslizaba su otra mano bajo su blusa.

Jugó con sus pechos apretándolos, pellizcando sus pezones mientras su boca en su cuello hacía que el estómago le diera otro vuelco como si estuviera en una montaña rusa, subiendo y bajando en una vertiginosa corriente de sensaciones.

No tenía ni idea de cuánto tiempo estuvieron allí, sólo que el desconcertante placer seguía y seguía. Estaba perdida en el mar y sin brújula. Esto estaba tan lejos de sus experiencias y expectativas que no tenía ni idea de lo que debía hacer. ¿Placer? Su relación con Rafael consistía en darle placer a él, el placer de ella no importaba en absoluto. Ella había aceptado eso y se concentraba en hacer todo lo que le pudiera hacer feliz a él. ¿Cuándo había sido la última vez que un hombre había intentado satisfacerla físicamente? Era un recuerdo vago, perdido en el tiempo, hacía tanto tiempo que ya había perdido la esperanza de obtener cualquier tipo de placer personal. Sentirlo ahora, en manos -literalmente hablando- de un asesino frío como el hielo, resultaba asombroso.



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