A continuación, trasladó su atención hacia el ancho tirante de su blusa de seda y empezó a jugar con él, deslizando sus dedos por debajo, haciendo resbalar la tira de tela hacia abajo. Si antes no se había dado cuenta de que no llevaba sujetador, ahora ya lo sabía.

– Respira -dijo.

Era la primera palabra que él le dirigía. Su voz grave y ligeramente áspera hizo que la palabra se convirtiera en una orden.

Ella lo hizo, tomó aire y sólo entonces se dio cuenta, debido al agudo alivio de sus pulmones, de que había aguantado la respiración durante tanto tiempo que había estado a punto de morirse.

Despacio, todavía muy despacio, él bajó la mano por su costado, el calor de su tacto la abrasaba a través de la fina seda. Llegó al final de la prenda y sus dedos se sumergieron bajo ella, explorando la cinturilla elástica de sus ligerísimos y ondulantes pantalones, deslizándose por debajo de ella y a su alrededor. Ahora también sabía que tampoco llevaba bragas. Drea se tragó el nudo de la garganta y cerró los ojos con fuerza.

Cerrar los ojos era un movimiento instintivo para mantenerlo alejado, para distanciarse del aquí y ahora, pero en lugar de ello su acción pareció agudizar todavía más sus sentidos. Lentamente, él deslizó su mano hacia su estómago y, sin nada más que la distrajera, su atención se centró en su tacto con una intensidad casi dolorosa. Sus músculos se contrajeron, todo su cuerpo se tensó a medida que él iba ascendiendo, mientras ella esperaba, aguantando de nuevo la respiración.

Su mano se cerró completamente sobre su pecho izquierdo, y el aire de sus pulmones se liberó. Él agarró su pecho, lo apretó, lo sujetó en la palma de la mano como si lo estuviera calibrando. Recorrió con el pulgar su suave pezón, su áspera palma raspaba, hasta que su pezón se excitó y se enderezó, firme y abultado; entonces cambió al otro pecho y repitió el proceso.



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