Drea se retorció, atrapada como un gusano en un anzuelo. Los músculos de sus muslos se tensaban y se relajaban, temblando. Él la sujetó, la empujó hacia él, la estrechó mientras lentamente se retiraba y empujaba de nuevo hacia delante. Su brazo derecho la mantenía pegada a él, mientras su mano izquierda descendía y hurgaba entre sus suaves labios vaginales. Cerró los dedos a modo de tijera alrededor de su clítoris, sujetándolo mientras se movía dentro de ella, adelante y atrás, adelante y atrás, la gruesa, dura longitud de su pene tocando algo dentro de ella -tal vez su punto G- Dios, no tenía ni idea, todo lo que sabía era que se disparaba hacia el clímax tan rápidamente que no podía pensar, entonces empezó a correrse violentamente, con sus músculos internos ordeñándolo y ásperos sonidos animales que indicaban el final emergiendo de su garganta.

Se habría caído hacia atrás desmayada si él no la estuviera sujetando. Él salió de ella con cuidado y la giró hacia él, hasta que ella dejó de jadear y estremecerse, hasta que dejó de llorar. ¿Por qué estaba llorando? Ella nunca lloraba, por lo menos no en serio. Aún ahora sus mejillas estaban húmedas, respiraba de forma entrecortada y con dificultad. Intentó controlarse y, cuando fue capaz, abrió los ojos y alzó la vista, se encontró con su mirada y se quedó de nuevo sin respiración.

Había pensado que sus ojos eran marrones, pero ahora se había dado cuenta de que eran castaños, lo que era una palabra totalmente inadecuada para los colores que veía allí: no sólo marrón y verde y dorado, sino también azul y gris y negro, surcados por líneas blancas.



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