
Jackson no perdía de vista la doble pantalla, buscando un ángulo mejor, pero era como si el muy cabrón supiera exactamente dónde estaban porque ni una sola vez dejó ver algo más que una imagen parcial de su rostro. Su oreja derecha -aunque Jackson congeló una imagen muy buena de la oreja-. Las orejas eran buenas; la forma, el tamaño, la manera en que estaban colocadas en la cabeza y los surcos interiores eran diferentes en cada persona. La gente que se disfrazaba, normalmente se olvidaba de las orejas.
El programa de identificación facial se rindió, diciendo que no había encontrado nada, algo que él ya se esperaba.
– Vamos, mira el pajarito -murmuró al hombre-. Deja que te haga una foto.
Estaba tan concentrado en su tarea que, hasta que Cotton tosió molesto, Jackson no se dio cuenta de lo que estaba mirando.
– Mierda -masculló-. Se la está tirando ahí, al aire libre.
No es que realmente pudiesen ver algo, pero resultaba obvio por la postura de la pareja y sus movimientos lo que estaba sucediendo en el balcón.
Entonces el hombre desconocido se giró dando la espalda a la cámara y echó a andar llevándose a la novia hacia el interior del ático y cerrando la puerta corredera de cristal tras él.
Ni una sola vez les había dejado ver claramente su cara.
Tras la claridad y el calor del balcón inundado por el sol, el ático resultaba agradablemente fresco y oscuro, y privado. Drea se agarró a él buscando un punto de apoyo; sus piernas eran como fideos cocidos y su cerebro parecía una masa blanda. Él inclinó la cabeza para formar una línea de lentos besos a lo largo de su cuello y a través de su clavícula.
