– ¿Este sitio está pinchado? -preguntó con ese tono característico grave y a media voz, con sus labios moviéndose contra su hombro mientras murmuraba las palabras en su piel-. ¿Hay alguna cámara?

– Ahora no -contestó Drea, y una aguda oleada de deseo y miedo hizo que se desmoronara por dentro. Había trabajado duro para hacer que la gente la considerase algo ornamental, narcisista y más que una tontita; en resumidas cuentas, inofensiva. El hecho de que la gente la infravalorara era una enorme ventaja para ella… sin embargo él no parecía infravalorarla en absoluto, y eso le gustaba y la asustaba a la vez. Si él podía ver lo que escondían los cerebros detrás de los actos, entonces otros también podían hacerlo. Al mismo tiempo, su sencilla suposición de que ella sabía la respuesta a una pregunta tan crucial alimentó una necesidad cuya presencia no había percibido hasta entonces, el ansia de ser tratada como una igual en ciertos niveles.

En cualquier caso, era demasiado tarde para seguir haciéndose la tonta. Imprudentemente, añadió:

– Antes sí que había, pero llegó a la conclusión de que tener grabado todo lo que hacía podía resultar peligroso para él.

Al principio, Rafael había hecho que la siguieran a todas partes, y las cámaras ocultas la habían grabado en su dormitorio y también en su baño. No tenía ningún tipo de privacidad, y ella simplemente había seguido la corriente, continuando con sus actividades completamente inocuas y aburridas. Llevaba con él casi cinco meses cuando, por casualidad, le oyó decirle a Orlando Dumas, su lince de la electrónica, que se deshiciera de todas las cámaras y micrófonos y que quemase las cintas. Orlando no se había tomado la molestia de explicarle que todo era digital y que no había cintas, pero Drea se había reído mucho en privado a costa de Rafael.



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