
Si Rafael quería saber con qué asiduidad se hacía la manicura e iba a la peluquería, de acuerdo, que malgastara su tiempo haciendo que la siguieran. Iba de compras, veía la televisión y solía ir a la biblioteca más cercana a echar un vistazo a los libros de gran formato ilustrados de otros países. Estudiaba con detenimiento las fotografías y leía a Rafael fragmentos sobre diferentes costumbres y características geográficas de forma deliberadamente meticulosa, hasta que él, perdiendo la paciencia, le dijo que no le interesaban los hurones ni los lémures ni tampoco cuál era la catarata más alta del mundo. Drea se las había arreglado para parecer ligeramente dolida, pero a partir de entonces se guardó los fragmentos para ella misma. Poco tiempo después, él hizo que dejaran de seguirla cuando salía del ático.
La mayor parte del tiempo, Drea no aprovechaba la oportunidad y se comportaba de la misma manera que cuando la seguían. En realidad, sí se hacía la manicura e iba la peluquería con frecuencia y pasaba mucho tiempo haciendo compras, tanto en persona como por Internet. Tenía la televisión de su cuarto en un canal de compras y un cuaderno donde garabateaba los números de los artículos -números que a menudo tachaba o cambiaba por si Rafael los comprobaba-. También había números reales de ropa, por si sus investigaciones llegaban hasta ese punto. Pasaba mucho tiempo haciendo exactamente lo que Rafael esperaba que estuviera haciendo.
De vez en cuando, sin embargo, hacía algo completamente distinto. Rafael era implacable y espabilado, pero no creía que ella fuera lo suficientemente inteligente para engañarlo, así que ella se las arreglaba para engañarlo bastante a menudo.
Pero este hombre, este asesino que la tenía en sus brazos, era capaz de ver bajo su fachada construida con esmero, destruyendo sus defensas y exponiéndola con la misma facilidad con la que le había bajado los pantalones. Miró fijamente sus ojos entornados preguntándose qué más vería.
