
Sus pensamientos la habían abstraído del control de sus saturados sentidos y, a medida que la claridad regresaba, volvió a sentir la gélida punzada del pánico. Él no había acabado con ella. Que no le hubiese hecho daño -más bien todo lo contrario- no significaba que estuviera a salvo. Quizá sólo estaba jugando con ella, haciéndole bajar la guardia, haciendo que se relajara. Quizá le excitaban los golpes a traición.
– Estás pensando demasiado -murmuró él-. Te has vuelto a poner tensa.
¡Piensa!, se ordenó a sí misma, tratando de espantar el pánico. Tenía que pensar, tenía que controlarse. Dios, ¿cómo podía ser tan estúpida? En lugar de estar actuando como una imbécil que no sabía para qué servía su cuerpo debería estar usándolo, haciendo lo que mejor se le daba, que era hacer que un hombre se sintiera especial.
Se quedó mirando sus propias manos, sus dedos clavándose en los fuertes músculos de sus hombros, pegada a él, e intentó ponerlos en movimiento. Debería estar acariciándolo con las palabras y con los hechos. Debería chupársela, hacer que se corriera y entonces -Dios, por favor- él se iría y ella podría invertir el tiempo en decidir cuál era la mejor solución. Debería estar haciendo muchas cosas, pero todas ellas parecían estar justo ahora fuera de su alcance.
– ¿Dónde hay un dormitorio? -preguntó él, levantando la cabeza para echar un vistazo alrededor con su mirada alerta-. No donde duermes con Salinas. Algún otro sitio.
– Nosotros no… no dormimos juntos -masculló, sorprendida una vez más por estar diciendo la verdad. Los ojos de él se volvieron a clavar en ella y se entornaron todavía más y ella se estremeció por la amenaza que sentía acechar tras cada una de sus acciones-. Dormir. No dormimos juntos. Tengo mi propio cuarto.
