
Su corazón latió sordamente mientras él hacía una pausa antes de decir:
– Eres tú quien va a su cuarto.
Era una afirmación, no una pregunta, como si también hubiera sido capaz de interpretar a Rafael con extraordinaria exactitud. Aun así ella asintió, confirmándolo. De hecho ella iba al cuarto de Rafael cuando él quería sexo. Así era; la gente iba a Rafael, no él a ella. Después siempre regresaba a su propio cuarto, que había decorado deliberadamente de la manera más femenina y cursi posible, acorde con el personaje de muñeca Barbie que se había forjado.
– Tu cuarto -se apresuró a decir.
Drea miró hacia la derecha.
– Al fondo del pasillo.
Él se inclinó hacia abajo y le quitó los pantalones de los tobillos.
– Anda -dijo, y ella lo hizo, sacando sus pies de los charcos de finísimo tejido blanco.
No tuvo tiempo de sentirse incómoda por llevar puestos sólo una blusa y un par de tacones de diez centímetros porque él la levantó sin esfuerzo, ella tuvo que anclar sus piernas alrededor de sus muslos para sujetarse, y la llevó escaleras abajo.
Su erección dura como una roca rozaba su vagina, cada paso que daba lo hacía mecerse contra su carne inflamada. Drea apretó la parte superior de sus muslos y se frotó contra su grueso pene, esparciendo su propia humedad sobre él, intentando hacerle perder el control. Una caliente oleada de sensaciones se reunió en el punto de contacto, propagándose dentro de ella rápidamente, cogiéndola por sorpresa. Ya había llegado al orgasmo, así que no esperaba volver a excitarse de nuevo. Joder, no lo esperaba en absoluto. Nada en esa situación era lo que esperaba y, aunque se esforzaba por controlarse y no meter la pata, la cosa cada vez iba a peor.
