
Él llegó hasta su puerta y ella fue capaz de decir «aquí» con un tono ahogado, pero no consiguió separarse de él para girar la manilla. Lo hizo él mismo, atrayéndola todavía más hacia él y poniendo un brazo bajo sus nalgas, mientras abría la puerta con la otra mano. El movimiento ajustó sus posiciones lo suficiente para que su erección se introdujera bruscamente dentro de ella; un hormigueo caliente sacudió cada uno de sus nervios. La sensación era tan eléctrica que gimió, tensando cada músculo de su cuerpo. Inútilmente empezó a elevarse y a dejarse caer intentando obtener lo máximo posible de él, con su libertad de movimientos limitada por la forma en que él la estaba agarrando. En esa posición ella sólo podía tener seis o siete centímetros de su pene dentro de ella y, aunque la gruesa punta del miembro emitía miniexplosiones cada vez que ella se movía hacia adelante y hacia atrás, eso no era suficiente, quería más, lo quería todo, profundo y duro y rápido.
El ritmo de su respiración se aceleró un poco, el único signo que había dado, aparte de su erección, de que estaba mínimamente excitado. De repente, Drea ardió con la humillación de la evidencia de que, aunque realmente él quería sexo, no tenía un particular interés en ella; ella estaba allí, estaba disponible, y su interés por ella no pasaba de ahí. Se quedó helada y, muy a su pesar, volvió a sentir las lágrimas abrasándole los ojos. Parpadeó para tratar de enjugarlas por todos los medios.
¿Qué estaba pasando? Ella nunca perdía el control; utilizaba el sexo para controlar a los hombres, para conseguir de ellos lo que quería. ¿Qué le pasaba que dejaba que este hombre la asustara hasta el punto de que todas sus defensas se vinieran abajo? Vale, él era algo así como el rey de los tipos duros, pero ella había tratado con tipos duros toda su vida y si había aprendido algo era que, cuando la cabeza pequeña se levantaba y se hacía con el control, la cabeza grande dejaba de pensar.
